Antonio López Alonso

Obra creativa de Antonio López Alonso, editada por Ediciones Irreverentes, Edaf, La Universidad de Alcalá y otras. Premio de relatos "Antonio López Alonso".

14.12.05

Artículo de López Alonso publicado en El Mundo

CARLOS II, EL REY AL QUE TODOS CREYERON HECHIZADO

Cuando murió, el 1 de noviembre del año 1700, Carlos II no tenía ni siquiera 39 años. Parecía una anciano de 90. La enfermedad se ensaña con el cuerpo biológicamente inerte, y el último Austria fue sufriendo año tras año diferentes grupos morbosos que hicieron de su vida la de un personaje huidizo y melancólico. Un desecho de hombre. Los años que vivió se injertaron en su mundo de una manera rápida, fulminante. Cada año multiplicado por 10. Raquitismo, trastornos gastrointestinales, hidropesía... En realidad, lo sorprendente no es que muriera con menos de 39 años y apariencia de anciano, sino que llegase a vivir esos casi 39 años.Había nacido en 1661. El 6 de noviembre de aquel año, comiendo en la mesa, Doña Mariana de Austria, sobrina y esposa de Felipe IV, empezó con dolores de parto. Fue un alumbramiento fácil y rápido, y en un breve espacio de tiempo, el rey se encontró con un heredero varón. Bautizado con el nombre de Carlos, la Historia acabaría conociéndolo como El Hechizado.Fue un niño debilitado. La tara de la consanguinidad predispone a niños débiles en lo físico y en lo psíquico. Esta circunstancia innegable propició una crianza complicada y difícil. Carlos II precisó de hasta 14 amas para la lactancia. Su prognatismo facial, evidente ya de niño como en todos los Austrias, dificultaba en extremo aquélla. Es más, algunas amas de cría solicitaron ser relevadas, pues el niño trituraba sus mamas y pezones sin comedimiento.Hasta los cuatro años no se destetó el pequeño príncipe Don Carlos, y los huesos del cráneo aún no estaban soldados a los tres años. Fue en aquella época cuando el embajador francés en Madrid dirigió una carta a Luis XIV en la que comunicaba que, poco antes de cumplir los cinco años, el heredero al trono español «seguía sin saber todavía ponerse de pie al andar».
SATIRAS Y COPLILLAS
El testimonio del diplomático coincide con otros de la época. Degeneración biológica, debilidad física, fontanelas craneales sin cerrar e imposibilidad de caminar hasta bien entrada la primera infancia. La debilidad extrema y esta tardanza en el andar inclinan a pensar en un niño raquítico. Retardo motor, cabeza grande por hidrocefalia, desarreglos intestinales... Males que se corrigen bien hoy, pero no en la época que le tocó vivir a Carlos II y que le dejaron secuelas para el resto de su vida.Y así, invadido de una debilidad extrema, su deteriorada salud, escasa energía y limitación funcional le convirtieron en objeto de sátiras y coplillas por parte del pueblo. Como la que decía: «El Príncipe, al parecer, / por lo endeble y patiblando / es hijo de contrabando / pues no se puede tener».Don Carlos fue desde niño un ser insulso y torpón, con voluntad muy limitada e inteligencia escasa. Melancólico y callado, su adolescencia no estuvo exenta de raptos de cólera ante estímulos nimios.Alonso Fernández lo trata de oligofrénico. Yo prefiero definirlo como ser humano por defecto. Abúlico y penetrable. Inmensamente indiferente. Indoloro. Pero, ¿hasta qué punto oligofrénico?Cuando su madre consiguió que Don Juan José de Austria -hermanastro de Carlos II fruto de la unión de Felipe IV con una actriz- fuese enviado a las guerras del sur de Italia, Carlos II escribió a Don Juan, sin que su madre lo supiera, rogándole que permaneciera a su lado, apoyándole. Mariana de Austria había controlado a su hijo desde siempre, pero ahora el rey eludía tal control.¿No era un oligofrénico, un retrasado mental? ¿Cómo puede entenderse, pues, que rechazara el criterio de su madre y reclamara la ayuda de su hermanastro, odiado por aquélla?Pero aún hay más. Un débil mental se caracteriza, entre otras cosas, porque es muy superficial en sus sentimientos. Y Carlos II no lo fue. Su matrimonio con la francesa María Luisa de Orleans, su primera esposa, no fue un tema periférico para el rey. Fue un asunto profundo, hondo, entrañable durante los poco más de nueve años que duró, desde noviembre de 1679 hasta la muerte de la Orleans, en febrero de 1689. Siendo esto así, los médicos tenemos que cuestionarnos dónde estuvo la frontera de la oligofrenia de Carlos II.Fue pasando la vida del monarca, y en el verano de 1689 se casó con María Ana de Neoburgo, de familia prolífera. Pero tampoco llegaron los hijos con este segundo matrimonio. Y eso fue lo que terminó de hechizar a Carlos II. El tema de su fertilidad podría habérsele achacado a María Luisa, pero con María Ana, cuya madre había tenido 24 embarazos, el pueblo empezó a colocarlo bajo sospecha: él era el impotente.El rey, en su inmensa soledad, perdió la escasa credibilidad que tenía como hombre. Y tanta presión recibió en el mensaje que él mismo se lo creyó. Él mismo asumió el papel de su infertilidad, y él mismo se envolvió en una masacre de demonios, brujas y hechiceros: El Hechizado. Por impotente.


UN SOLO TESTICULO

Si difícil es en ocasiones, decía Marañón, hacer un diagnóstico fiable a la cabecera del enfermo, cuánto más estaremos los médicos sometidos al error al manejar referencias más o menos distantes en el tiempo.García-Argüelles y Alonso Fernández, sin embargo, sí se atreven a juzgar la impotencia de Carlos II como de causa orgánica, por alteración en la secreción testicular. En la necropsia, en cualquier caso, sí se confirma la existencia de un solo testículo, que está, además, claramente afectado: «Un solo testículo, negro como el carbón».En los últimos cuatro años, la maltrecha salud de Carlos II empeoró. Diferentes accesos palúdicos, trastornos gastrointestinales y una insuficiencia cardiaca que terminó en hidropesía se entrecruzaron. Autores como Rico-Avello apuntan que el adelgazamiento, las diarreas, cólicos y vómitos pueden deberse a un proceso tuberculoso.Lo cierto es que Carlos II tuvo dispepsia gastrointestinal toda su vida. Quizá fuese el personaje con prognatismo más acusado de todos los Austrias, y eso complica la masticación. Su afición desmedida al chocolate y los periodos de glotonería intermitentes terminaron de favorecer los problemas digestivos.Pero fue su corazón lo que le llevó a la muerte. «Al rey se le para el corazón y empeora visiblemente. Se le hinchan el vientre, las piernas y la cara», dijo su médico flamenco, el doctor Geelen.Hidropesía la llamaban entonces. Retención de líquidos, edema, ascitis por insuficiencia cardiaca progresiva, decimos ahora.«Le han hallado todas las entrañas... y el corazón tan consumido y seco...», se lee en el Diario de la enfermedad del rey Don Carlos II.

Puede ver el artículo en la edición digital de El Mundo:

http://telva.elmundo.es/cronica/2003/394/1052048240.html

1 Comments:

At 1:33 p. m., Anonymous Anónimo said...

Me parece un artículo interesantísimo. Felicidades. Buscaré el libro.

 

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